Un instituto. Un aula. Un tema de biología en la pizarra: supervivencia,
adaptación, selección. La profesora se aferra a una idea casi ingenua
y a la vez heroica: si aprenden a pensar, serán libres.
Fuera, el país lleva años atrapado en una guerra interminable,
vendida como “la Guerra Justa”. Al principio es un rumor, un zumbido
de fondo pero pronto empiezan a llegar las notificaciones oficiales.
Uno a uno, los alumnos varones son llamados a filas.
La profesora insiste en seguir con el temario, en preparar las pruebas
finales como si aún existiera un futuro al que llegar. Pero la violencia
se cuela por las rendijas: en el lenguaje, en los cuerpos, en la manera
en que los chicos se miran. La clase se convierte en un campo de
entrenamiento emocional, y el aula en un lugar donde la normalidad
ya no protege a nadie.
Cucaracha retrata cómo una comunidad educativa intenta no
desmoronarse mientras el Estado convierte a sus adolescentes en
material de guerra. Y lanza una pregunta incómoda: ¿la educación
puede salvarnos pase lo que pase?