Don Quijote ya no es una parodia o un retrato de locura, sino el reflejo de cualquiera que, ante el ruido del mundo, decide darle un sentido y luchar por él con todo lo que tiene. Aunque el precio sea alto. Aunque el mundo no lo entienda.
Esta puesta de Don Quijote de la Mancha se aleja de la idea del caballero loco y se centra en la humanidad del personaje: un hombre solo que lo tiene todo y, sin embargo, se siente vacío.
Desde una mirada actual, la obra explora el deseo profundo de ser visto y recordado, en un mundo que, como el de hoy, muchas veces ignora lo esencial y encierra a las personas en su propia soledad. Don Quijote encarna el impulso de dejar un legado, de ser alguien, de escapar del olvido.