En Rabia, la coreógrafa jiennense pone su nombre ante el espejo y disecciona la caligrafía de su propio movimiento. No lo hace por mero narcisismo, sino para trazar “tabula rasa” y asomarse a la energía originaria de la que surge todo. Aibar, con la complicidad de Guillermo Weickert, lleva al límite esa introspección hasta alumbrar un nuevo movimiento, alejado de inercias y códigos establecidos; un lenguaje que no teme ser por momentos simple balbuceo. Permanecen la técnica precisa, la geometría luminosa, la danza catártica, la belleza indómita y la entrega al movimiento. Pero aparece algo más —aún sin nombre— que irrumpe con la fuerza de lo recién parido y aún no bautismado.
Rabia es cosmogonía y consumación, génesis y apocalipsis. La coreógrafa retuerce y amplía la sintaxis de su danza, para seguir ofreciendo baile vivo y presente que sacuda los cuerpos, porque ahí es donde se leen los misterios del alma.