Durante la guerra, varios hombres sanos fueron ingresados en el sanatorio psiquiátrico de San Miguel. ¿Por qué? Muchos años después, Garay, el director del sanatorio, que ya lo era entonces, y Benet, su discípula más brillante se enfrentan alrededor de aquel enigma.
En El jardín quemado aparecen dos asuntos fundamentales del teatro de Mayorga. Por un lado, la memoria y su dificultad de juzgar el pasado. «El pasado -ha dicho Mayorga- es imprevisible, está no menos abierto que el futuro y laten en él preguntas que pueden poner en peligro el presente que se arriesga a observarlo». Por otro lado, la imaginación -y, con ella, el teatro- como vía de escape desde una realidad áspera, cruel, tal cual puede serlo la de los derrotados en una guerra.