Don Diego se considera irresistible. Su narcisismo no solo se expresa en su
vanidad física, sino también en su incapacidad de ver más allá de sí
mismo. Es un personaje atrapado en su autoimagen idealizada, que se
convierte en el centro de su mundo y de su discurso. La comicidad surge
precisamente del contraste entre la imagen que don Diego tiene de sí
mismo y la percepción que los demás personajes –y el espectador– tienen
de él.
El personaje se convierte, así, en símbolo de una enfermedad del alma: el
narcisismo entendido como la distorsión del yo, una forma de autoengaño
y un impedimento para establecer vínculos genuinos con los otros. La
crítica de Moreto es punzante, pero no trágica; se inscribe dentro de una
tradición cómica que pretende corregir costumbres a través del ridículo.
Pero lo verdaderamente conmovedor y atrayénte de esta pieza, es ver cómo
la distorsion de una sola persona, desencadena una sucesión escalonada de
acontecimientos que hacen tambalearse a toda una familia, a todo un
ramillete de personajes que “no venían a hacer la función”