Cuando en el año 1908 vuelve de girar la prestigiosa compañía carnavalesca “La murga del siglo XX”, uno de sus componentes había desaparecido. Desde ese momento las gentes de Cádiz comienzan a preguntarse que habrá sido de él.
117 años más tarde, lo que fuera una mera anécdota se ha convertido en un rumor gigantesco, una leyenda que cuenta que se le ha podido ver y escuchar en diferentes teatros, ciudades, países y lo más notable, en diferentes épocas, tanto posteriores a la desaparición como muy anteriores a ella.
Hay quien lo sitúa en la resistencia del pueblo gaditano al sitio napoleónico, entre 1810 y 1812. Otros dicen haberlo visto cantando disfrazado de mujer en 1952, justo antes de ser detenido y llevado a la prevención. Hay quién de forma más exagerada jura que nuestro misterioso desaparecido aparece retratado agachándose en un conocido cuadro titulado “Visita de Julio Cesar al templo e Hércules”, o que su nombre fenicio ya se puede encontrar en escritos con más de 2700 años de antigüedad.
Toda esta rumorología no hace más que alimentar el mito de un tipo vestido con una vieja chistera medio rota, una levita remendada y coloretes pintados en sus mejillas, que sigue recorriendo los teatros y plazas de medio mundo con sus cuplés-mazurcas y su tipo de músico pobre, tocando instrumentos falsos y un pito de caña.
Lo llaman “El embustero”.
Es alguien a quien le gusta llevar la voz cantante y que además de crear sorprendentes músicas posee una verborrea inagotable que le hace contar historias, las cuales garantiza haber vivído en primera persona.
Se hace acompañar por otro buscavidas, de presencia más callada y formal, al que todos llaman “el menda”, un brillante interprete que gusta de destripar los circuitos de cualquier aparato para transformar lo electrónico en músicas populares.
La leyenda dice también que cada una de las canciones e historias del embustero esconde una importante verdad, una moraleja universal, el átomo de la sabiduría, algo que emparenta a nuestro embustero con los cientos de contadores de embustes que plagaron durante siglos los puertos americanos y andaluces, relatando fantásticas patrañas a cambio de la risa, la complicidad y el brillo de comprensión profunda en los ojos de quienes las escuchaban.