La idea de criatura ha acompañado el deseo de trascendencia de nuestra especie desde el comienzo de los tiempos. Lo vemos en las pinturas rupestres, en los tótems, las primeras deidades, los ídolos, el becerro de oro, las gárgolas, las quimeras, incluso en las primeras representaciones gráficas que llevan a cabo los niños. Estas imágenes singulares, el bisonte en la cueva –que guarda a los animales en una matriz inaccesible, uterina, a salvo incluso de la luz– o la gárgola en el templo, nos hablan de un deseo por permanecer, por durar, por ponernos en relación a la naturaleza no solo a través de las funciones vitales, si no de lo simbólico. Y todas tienen algo en común, no conocemos el nombre de su creador, no pertenecen a nadie salvo a la humanidad.’’
En GÁRGOLA dos personajes sin nombre ni identidad concreta se buscan, se repelen, se quiebran y rompen –literalmente– en pedazos, intentando atravesar los contornos que los separan, tanto entre sí como con el resto de las cosas. Así como nuestros antepasados inventaron las imágenes y los ritos, intentan invocar la permanencia, abrir la puerta de regreso al vientre de una realidad cada vez más lejana, aquello que llamamos naturaleza.