Llegué a casa a eso de las ocho de la tarde. Como siempre, dejé la mochila en el suelo y me senté junto a la mesa del salón. Miré al armario que tenía enfrente. Se veía extraño, encorvado como las personas tristes.
Sin apenas notarlo, la mesa se acopló sobre mis piernas, me cubrió como una mant en invierno, mientras una pata de la silla cogía una de mis manos para acariciarla.
Mi primera reacción fue levantarme y salir de allí, pero el muro detrás de mí se reclinó sobre mi espalda y me abrazó con dulzura.
Para más asombro, un cuchillo se acercaba enfadado por el pasillo. Se estaba
ensañando con un sobre, o más bien con sus restos. Lo empujaba hacia mí con el desprecio de las malas noticias. Le seguía una cuchara de café que lentamente ascendió hasta mi cara y comenzó a deslizarse por mis párpados con ternura.
Aquella inquietante escena se bañaba bajo la lámpara del salón. Su enorme ojo
encendido recorría los rincones a ritmo de vals lento y grave.
El estremecimiento de la casa cesó con el cuchillo desmayado y la carta destrozada a mis pies. Una de las patas de la mesa cogió los trozos rasgados y me los acercó. Solo pude leer el nombre del remitente: el nuevo heredero de esta casa.
Al fondo del pasillo, en la cocina, la nevera, con su eterno quejido, musitó: “Te
echaremos de menos”.
Daniel Abreu
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