No hay un “yo” aislado, ni una flor, ni una caña, ni un cuerpo, ni un sonido que exista por sí mismo. Todo lo que es, es gracias a una red infinita de relaciones.
Esta performance es una exploración mínima del vínculo entre materia, cuerpo y vibración. A través del gesto, la escucha y la resonancia, la performance propone un espacio de interdependencia: no hay intérprete ni instrumento, sino una red de relaciones que respira.
Las cañas —organismos vegetales que habitan los márgenes, flexibles y resistentes— se convierten aquí en interlocutoras. Sus sonidos amplificados revelan una geografía íntima.
Inspirada en el concepto de interser (en inglés Interbeing) del maestro zen Thich Nhat Hanh, la pieza pone en práctica una poética de la coexistencia. Cada vibración es consecuencia de otra; cada movimiento, una respuesta al entorno.
Esta performance invita a percibir el frágil equilibrio que nos une a lo vivo y a lo no vivo; a escuchar el mundo no como algo que nos rodea, sino como algo que somos.