Dos cuerpos se confunden en escena hasta borrar la frontera entre músico y bailarín. El viento es el origen y el motor: sopla en los instrumentos, atraviesa los cuerpos y dicta el movimiento. Desde las músicas y danzas del folklore del norte peninsular, el sonido se transforma y se expande hacia un lenguaje contemporáneo. Como los nublos, figuras míticas del aire y la tormenta, los intérpretes invocan, desvían y encarnan la fuerza del clima. Cada escena se orienta hacia un punto cardinal y el viento que lo habita — cierzo, levante, poniente, siroco— marcando ritmo, carácter y energía. El aire organiza el espacio, el tiempo y los roles. No hay direcciones fijas, solo corrientes que guían la danza y el sonido.