El proyecto ‘El suelo es LAVA’, impulsado por el Laboratorio de las Artes de Valladolid (LAVA) junto a El Silo Casa de Cultura, explora nuevas formas de relación entre un espacio escénico público, la ciudadanía y su entorno a través de la mediación cultural
28 de octubre de 2026
¿Cómo acercarse a quienes no se sienten interpelados por las artes escénicas? ¿Y de qué manera puede un espacio cultural integrarse en la vida de los barrios que lo rodean? Estas preguntas están en el origen de El suelo es LAVA, un proyecto de mediación cultural que propone ampliar la experiencia escénica mediante la escucha, la participación y la creación colectiva.
Desarrollado por el Laboratorio de las Artes de Valladolid (LAVA) en colaboración con El Silo Casa de Cultura, el proyecto nace con una doble intención: explorar otras herramientas para dialogar con la ciudadanía y fortalecer la relación del centro con su entorno más próximo. Aunque el LAVA cuenta con una programación de proyección nacional e internacional, la vinculación continuada con los barrios cercanos era una tarea pendiente.
“Una programación de artes escénicas plantea preguntas y cuestiones a la ciudadanía. Eso nos abre la puerta a hacerlo de más formas, no exclusivamente con obras de teatro o de 9, explica Miguel Jerez, uno de los mediadores de El Silo implicados en la iniciativa.
La propuesta parte de una idea: las artes escénicas pueden funcionar como punto de partida para generar encuentros y conversaciones que no terminan cuando cae el telón. Así, El suelo es LAVA se plantea como una experiencia piloto que ensaya una metodología de trabajo con entidades del barrio y abre el centro a otras maneras de participar en la vida cultural.
El primer bloque del proyecto, Pensar juntos, deasrrollado desde el mes de septiembre, ha puesto el foco en la relación entre el teatro y sus públicos. La primera acción, Habla al LAVA, ha habilitado un punto de escucha participativo en la entrada del centro, donde las personas visitantes pueden compartir sus intereses, inquietudes y propuestas. Las preguntas invitan a reflexionar sobre la propia experiencia como espectadores: por qué se acude al teatro, con quién, desde dónde y qué otras actividades podrían tener cabida en el espacio.
La instalación también plantea una cuestión directa: qué haría cada persona si estuviera al frente del LAVA. Junto a las respuestas a preguntas concretas, ofrece un espacio para escribir o dibujar libremente y una encuesta más convencional. El objetivo es conocer mejor a quienes ya frecuentan el centro, pero también imaginar posibilidades para quienes no encuentran en la asistencia a un espectáculo su forma preferida de acercarse a la cultura.
La escucha se ha extendido al tejido asociativo. El Silo promovió, también en el mes de septiembre, un encuentro con entidades del entorno, al que acudieron alrededor de diez organizaciones y colectivos, entre ellos asociaciones vecinales, recursos municipales, escuelas de baile y otros espacios vinculados a la vida del barrio. La reunión permitió compartir objetivos, necesidades y límites, además de explorar posibles vías de colaboración.
Más que establecer alianzas inmediatas, el encuentro buscaba abrir un canal de comunicación que facilite futuras colaboraciones entre organizaciones. La intención, explica el mediador, no es crear únicamente un espacio para difundir actividades, sino una red en la que las entidades puedan identificar necesidades comunes, solicitar apoyos o poner en marcha iniciativas conjuntas.
El tercer eje de este primer bloque ha abordado la manera en que miramos las artes escénicas. A través del taller Manual para mirar una obra, desarrollado a principios de octubre con la diseñadora gráfica e ilustradora Cinta Arribas, las personas participantes han trabajado sobre sus propias formas de observar, sentir e interpretar una propuesta artística. Las reflexiones se han plasmado en un fanzine colectivo que ofrece al público otras herramientas para aproximarse a la creación contemporánea.
Las tres acciones comparten una misma premisa: no todas las personas se relacionan con un teatro de la misma manera. Para algunas, el vínculo comienza en la butaca; para otras, puede surgir de una conversación, un taller o una actividad creativa. La mediación permite explorar esas distintas puertas de entrada.
El segundo bloque, Conservar, ha trasladado la reflexión al terreno de la memoria, los saberes y aquello que una comunidad considera importante preservar. Dos talleres creativos han servido para explorar la relación entre pasado y futuro a partir de las experiencias personales de sus participantes.
En Hilos de la memoria, las personas asistentes han transformado recuerdos, lugares, personas y momentos significativos de sus vidas en pequeñas piezas textiles, con el acompañamiento de El Silo y de una artista especializada. Cada creación constituye una parte de una memoria compartida que se completa con los relatos y las conversaciones surgidas durante el proceso.
La mirada se desplaza hacia el futuro en Semillas para el futuro, un taller conducido junto a la artista plástica Ana Nan. En este caso, las personas participantes han elaborado pequeños recipientes simbólicos para representar aquello que desean conservar y transmitir: conocimientos, costumbres, recuerdos, formas de cuidar o ideas que consideran valiosas.
Ambos procesos han confluido en un comisariado colectivo celebrado en el LAVA, donde las propias creaciones se han organizado y presentado en un espacio expositivo. Las piezas textiles se acompañan de testimonios sonoros y los recipientes incorporan etiquetas y explicaciones que permiten conocer las historias y los significados que hay detrás de cada objeto.
El resultado desplaza el foco desde la obra terminada hacia las experiencias que la han hecho posible. Los materiales adquieren sentido a través de las historias personales y, al reunirse, construyen un relato común sobre aquello que una comunidad recuerda, valora y desea transmitir.
Este bloque se ha completado con una sesión de Cultura para Merendar, un formato de conversación abierta impulsado por El Silo que reúne a personas con perspectivas diferentes en torno a una cuestión cultural. La sesión dedicada a la cultura y las ruralidades ha invitado a reflexionar sobre qué entendemos por rural, cómo se construye ese imaginario y qué relaciones existen entre memoria, territorio y futuro.
El último bloque, Heredar, previsto para noviembre y diciembre, ampliará esta reflexión hacia las herencias materiales e inmateriales y la transmisión entre generaciones.
El programa contempla dos talleres diferenciados: uno con alumnado de un instituto cercano al LAVA y otro con personas mayores de un centro de vida activa. Ambos grupos trabajarán sobre aquello que reciben, tanto desde una perspectiva individual —los recuerdos, los rasgos, las costumbres o las condiciones que nos configuran— como colectiva, atendiendo a los valores, conocimientos y formas de vida que se transmiten socialmente.
Posteriormente, jóvenes y mayores compartirán un encuentro para intercambiar sus percepciones y elaborar pequeñas cápsulas del tiempo. La propuesta invita a pensar no solo en lo heredado, sino también en la responsabilidad de cada generación respecto al futuro: qué queremos conservar de nuestro presente y qué nos gustaría dejar a quienes vendrán después.
El bloque incluirá, además, Cartas sin destinatario, un taller de escritura creativa que explorará las palabras que nunca llegaron a pronunciarse o escribirse, los deseos que no se materializaron y las historias que permanecen sin ser contadas.
Con estas actividades, El suelo es LAVA recorrerá tres cuestiones conectadas —pensar juntos, conservar y heredar— para abordar las relaciones entre cultura, memoria, comunidad y transmisión.
La iniciativa se inscribe en el Circuito Ornitorrinco, impulsado por La Red con el apoyo de la Fundación Daniel y Nina Carasso y la colaboración de Pedagogías Invisibles y Almazuela. El circuito promueve proyectos de mediación artística y cultural que buscan transformar la relación entre los espacios escénicos públicos, los territorios y la ciudadanía.
En el caso del LAVA, El suelo es LAVA constituye una primera experiencia para ensayar formas de trabajo que puedan dar continuidad a la relación con el entorno. El reto no consiste únicamente en desarrollar un programa de actividades, sino en comprobar cómo los vínculos creados pueden mantenerse y traducirse en nuevas formas de colaboración.
La participación de entidades diversas, la incorporación de las experiencias personales a procesos creativos y la apertura de espacios de escucha son algunos de los caminos explorados. Su alcance a largo plazo dependerá de la capacidad de sostener esos espacios y de integrar las aportaciones de la ciudadanía en la vida del centro.
Porque, en este proyecto, el escenario no es el único lugar desde el que se construye la experiencia cultural. También lo son el espacio de encuentro, la conversación compartida, el objeto que guarda un recuerdo o la carta que nunca se envió. Lugares desde los que ensayar otra relación entre el teatro y la comunidad que lo rodea.
El Teatro Barakaldo ha participado en el Circuito Ornitorrinco con un proyecto de mediación que, en su edición de 2026, ha contado con las propuestas artísticas de las compañías Alodeyá Circo, Marie de Jongh y con los/as mediaores/as Inés Bermejo y David Alday.
El proyecto del Area de Artes Escénicas de Murcia traslada los encuentros de reflexión del ciclo Pensamiento a Escena a institutos y facultades universitarias, con una metodología que conecta la preparación en el aula, el diálogo colectivo y la experiencia directa de los espectáculos. La iniciativa cuenta con la financiación del proyecto Ornitorrinco de La Red.
Esta iniciativa de la Comisión de Inclusión y Mediación tiene como objetivo contribuir en la representación y en la visibilidad de las artes escénicas inclusivas, la mediación cultural y proyectos con impacto social.